Las calles atravesaban las colinas como cicatrices en la piel vieja. Serpenteaba y giraban, subiendo por un lado y bajando por el otro. Simplemente iban donde el terreno les permitía, siguiendo senderos forjados durante años de uso. Los edificios se apiñaban a ambos lados de estas calles. Ladrillo rojo junto al hormigón gris. Entre los edificios, se abrían espacios estrechos. Huecos demasiado pequeños para ser llamados calles, pero demasiado anchos para ignorarlos.
El pueblo se iluminaba con la