Capítulo 37

El cuerpo de Lylah se estrelló de lado contra el frío pavimento. Un dolor le recorrió la rodilla como una llamarada. Entreabrió los labios al intentar gritar, pero solo un gemido ahogado escapó de ellos. La sangre se filtraba por su vestido, cálida y pegajosa contra su piel. Su rótula estaba mal colocada; podía sentirla, el hueso empujado donde no debía estar.

Los matones se acercaron. Sus sombras se extendían por el suelo mientras sus bates los golpeaban, a Santiago y a ella misma.

"¡Oigan!" La voz cortó el caos como un cuchillo. Entonces, se oyó el sonido: pasos golpeando el hormigón, cada vez más fuertes y cercanos.

"¡Ayuda!" La voz de Lylah se quebró al gritar. La palabra le salió de la garganta, desesperada y cruda.

La gente salía en tropel de portales y callejones. Venían de todas partes: comerciantes con delantales, oficinistas aflojando las corbatas, adolescentes con los ojos muy abiertos. La tranquila calle se transformó en un torrente de movimiento. El equipo de seguridad de
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