—Y eso fue todo —la voz de Vandrese se apagó casi por completo—. Desde entonces, he sido el juguete de mi propia hijastra. A la entera disposición de Remi.
Parpadeó lentamente, como un hombre que emerge del agua. Sus ojos encontraron a Santiago, sentado frente a él, y se quedaron allí, enrojecidos y vidriosos, con la piel hinchada bajo ellos. Su pecho subía y bajaba como si cargara con algo que ha cargado durante demasiado tiempo.
Entonces, su rostro se contrajo.
Se cubrió el rostro con las pal