Ilse tomó del brazo a Victoria con una firmeza que rozaba la desesperación.
Ambas avanzaron lentamente por el pasillo hacia la sala donde los esperaba Martín. Afuera, el viento golpeaba las ventanas, el invierno llegando a la ciudad.
—Hijo —dijo Ilse con voz entrecortada—, Martín… aquí llegó tu novia, tu amada Thea.
Martín giró su rostro hacia la dirección de la voz. Una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.
Su ceguera no le impedía sentir la emoción que vibraba en el aire. Su corazón, frágil y