—¡Hernando! —la voz de Ilse sonó firme, pero su corazón latía con un miedo que no supo disimular.
El hombre la miró con una calma engañosa. Su expresión era severa, fría, como si las emociones se le hubieran secado en el alma.
—No puedes tocarla —dijo, con esa voz grave que siempre hacía temblar el aire a su alrededor.
La anciana frente a ellos, de rostro endurecido por los años, dio un paso atrás. Por un instante, vio en él el reflejo de otro tiempo… el mismo fuego en los ojos que alguna vez tu