Victoria se quedó inmóvil frente a Ilse.
La voz de la mujer resonaba aún en su mente como un eco cruel.
“¿Qué puedo hacer? Si digo la verdad y me odia, no lo podré soportar… Mejor así”, pensó, y sintió que el aire le faltaba.
“Me iré, y él nunca sabrá que fui yo quien lo cuidó… quien lo amó más que a su propia vida.”
El corazón le pesaba tanto que casi no podía sostenerse.
Cada palabra de Ilse le había perforado el alma, pero más le dolía imaginar el rostro de Martín lleno de decepción.
Si él ll