Manuel observó la escena desde una distancia corta, sintiendo que la rabia se apoderaba de él.
Martín subió a su coche con esa mujer, Fely, y sus guardias, y se marcharon.
La impotencia y el dolor lo consumían, pero no podía permitirse el lujo de esperar.
Hizo una señal a sus hombres, que estaban encubiertos en el lugar, y ellos entraron rápidamente, ejecutando a los dos hombres que estaban a cargo del secuestro.
Manuel corrió hacia el interior de la bodega, su corazón latiendo con fuerza.
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