En la mansión Montalbán, el aire estaba cargado de tensión y desesperación.
Manuel, con el rostro demacrado y los ojos llenos de furia, se encontraba en su oficina, sintiéndose atrapado en un torbellino de emociones.
Su mente daba vueltas, atormentada por la culpa y el miedo.
Llamó a sus guardias con una voz que resonaba como un trueno en la penumbra de la habitación.
—¡Imbéciles! ¿No te dije que cuidarías a Hernando? —su voz temblaba de ira, y cada palabra era un golpe que retumbaba en las pare