Felipe se quedó inmóvil detrás de la columna, con el corazón martillándole el pecho.
Entonces vio cómo la mujer —esa mujer— se alejaba del pasillo con pasos apresurados.
Y Braulio, después de unos segundos, siguió caminando como si nada hubiera pasado, como si no cargara en los labios y en la conciencia el beso que acababa de intercambiar con alguien que no era su esposa.
Felipe sintió cómo la sangre le hervía.
La indignación no era un simple impulso: era una explosión salvaje que le subía por l