Felipe salió del hospital con la mente hecha un torbellino.
El olor a desinfectante aún se le quedaba pegado a la ropa, y el aire frío del estacionamiento le golpeó el rostro como un recordatorio de que, a veces, la realidad era más cortante que cualquier diagnóstico.
Se detuvo junto al coche, apoyó la espalda en la puerta y sacó un cigarrillo del bolsillo. Iba a encenderlo, solo para calmar los nervios, cuando la vio.
Esa mujer.
De pie a unos metros, mirando hacia la calle como si dudara entre