Ilse llegó a casa poco después, con el corazón, latiéndole con fuerza, como si cada paso pesara toneladas.
Nadie la esperaba; la casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa.
Al cruzar el umbral, lo primero que vio fue a su madre.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Milena, con la voz temblorosa.
—¡Madre! —exclamó Ilse, corriendo hacia ella y lanzándose a sus brazos.
Milena la sostuvo con fuerza, percibiendo la desesperación que emanaba de su hija.
Era un temblor profundo, un dolor que recordaba vagamen