Mayte salió minutos después con el vestido entre las manos, con un aire de indiferencia que contrastaba con la tensión que se respiraba en aquel lugar.
Caminó hacia la empleada y, sin mirarla demasiado, le entregó la prenda como si se tratara de un objeto sin importancia, aunque en el fondo sabía que cada movimiento suyo estaba siendo observado.
Justo cuando iba a reunirse con Manuel, una mano firme, casi brusca, la detuvo.
Era Martín, con ese gesto de autoridad que siempre había usado con ella,