JOHN FOSTER
—Es hermosa… ¿no es cierto? —preguntó Rita desde la cama mientras me veía al lado de la cuna de la bebé, viéndola dormir, intentando deducir a simple vista si era mía o no—. Habla con ella, le va a encantar escucharte.
Ver a la pequeña criatura me hacía sentir extraño, mi estómago se encogía y mi corazón se aceleraba. Era un angelito. —Mi princesa… —dije en un susurro y, aunque aún era demasiado pequeña, las comisuras de sus labios se torcieron en una suave y gentil sonrisa, mient