Mandy
Maxwell Wilde era todo lo que yo podría desear en un hombre. Dientes perfectos, treinta centímetros más alto que yo, unos ojos verdes que parecían capaces de cortar el cristal, esa estructura atlética pero discreta oculta bajo chaquetas de tweed y, lo mejor de todo, el hombre era brillante. No una inteligencia del tipo "vaya, lee mucho", sino del tipo profesor de filosofía capaz de destrozarme el promedio académico y la vida en una misma hora.
Un diez absoluto.
Pero aquí está el truco: el