Alejandro estaba satisfecho. La mujer que tenía frente a él ya no era la niña harapienta del mercado; era una dama que podía sostenerle la mirada a cualquier aristócrata italiano. Le pidió a Rodrigo que los dejara a solas. Rodrigo, tras lanzarle una mirada de apoyo a Ana Laura, cerró la puerta y salió del departamento.
-Bueno, creo que ha llegado el momento de hablar tú y yo -dijo Alejandro, poniéndose las manos en la cintura, un gesto que impuso una presión inmediata sobre Ana Laura.
-Me p