Capítulo 5: Otra Mujer

Mientras en Italia Alejandro caminaba de un lado a otro en su habitación, asaltado por las dudas y preguntándose si aquel matrimonio por contrato era una locura, en México, Rodrigo estaba listo para ejecutar la transformación de su "diamante en bruto".

​-Francesco, ella es Ana Laura, la chica de la que te hablé -dijo Rodrigo al presentarla ante Francesco Cerati, un reconocido y extravagante estilista italiano que tenía su elegante salón en Acapulco.

-¿Es en serio? -preguntó Francesco, dando vueltas alrededor de ella como si examinara una estatua antigua cubierta de polvo.

-Necesito que la transformes. Vuélvela elegante, sofisticada... ¡Preciosa! -ordenó Rodrigo mientras se servía una copa de vino.

​Ana Laura se sentía como un experimento en un laboratorio. Francesco tocaba su cabello, miraba sus manos curtidas por el trabajo y se quejaba del descuido de su piel.

-¡Oiga! ¿Puede o no puede? -le espetó Ana Laura, perdiendo la paciencia-. Porque ya no soporto tantas quejas.

​Rodrigo soltó una carcajada; le encantaba el fuego que ella aún conservaba bajo su timidez.

-¿De qué te ríes? -preguntó Francesco, poniéndose una mano en la cintura en pose de indignación-. ¡Está muy descuidada!

-Ya lo sé, por eso te busqué -respondió Rodrigo cruzando las piernas-. Manos a la obra.

​Durante dos semanas, Ana Laura vivió un calvario de belleza. Cabello, cutis, uñas. Pasó días enteros con gorros térmicos y mascarillas. En la clínica, la gente la miraba con extrañeza cuando iba a visitar a su hermano.

​-¿Qué es eso, hermana? -preguntó Diego, señalando la extraña gorra de aluminio.

-Esto es parte de tu recuperación, hermano -mintió ella, besando su frente-. Haría cualquier cosa por ti.

-¿Qué estás haciendo por mí? -preguntó él con su carita cansada.

-Tú no te preocupes. Solo lucha y sé valiente, ¿de acuerdo?

​Al día siguiente, Francesco la metió en una cápsula de vapor.

-¿Esto para qué es? -preguntó ella con miedo.

-Para limpiar tu piel. ¡Parece que te la han tostado al sol, qué horror! -dijo él encendiendo la máquina.

​Cuando salió, sentía que la piel le ardía. Luego, la llevó a un jacuzzi lleno de espuma.

-¿Y esto qué es? -preguntó ella, abrumada.

-¡Ay, no! ¿Tengo que explicarte todo? -dijo él con un gesto teatral-. ¡Entra ya! -añadió mientras le quitaba el camisón.

-¡Oye! ¿Qué haces?

-Tranquila, no me gustan las mujeres.

-De eso me di cuenta al segundo de conocerte -replicó ella, entrando al agua temerosa.

​Después de un mes de tratamientos, clases de etiqueta, lecciones de arte y cultura general, Ana Laura era otra persona. Francesco llegó con un vestido negro de corte impecable y zapatos de tacón con brillantes.

​-¡Aquí tienes! Estás preciosa. Pareces otra, no la "mugre con vida" que entró aquí.

-Oye, ¡no te pases! -le advirtió ella, aunque al verse al espejo, apenas se reconoció. Tenía el cabello suelto y sedoso, su piel morena brillaba con salud y sus dientes habían sido blanqueados a la perfección.

​Afuera, Rodrigo esperaba ansioso. Cuando la puerta se abrió y Ana Laura apareció, él se quedó perplejo. La copa de vino casi se le resbala de la mano.

​-¡Wow! ¿Es en serio? ¿Es ella? -preguntó asombrado.

-¡Es ella! ¿Cómo quedó? -presumió Francesco.

-Hermosa es poco. Ana Laura, yo sabía que eras linda, pero esto... esto es otra cosa.

​Días después, Alejandro aterrizó nuevamente en México. Bajó del avión privado con la chaqueta al hombro y el ceño fruncido.

​-¡Alex! Bienvenido -dijo Rodrigo haciendo una reverencia burlona.

-Ya deja las bromas. ¿Dónde está ella?

-En mi departamento. Espero que no te desmayes cuando la veas.

​Ana Laura esperaba en la habitación, caminando de un lado a otro. Al ver llegar el auto por la ventana, el corazón le saltó en el pecho. Empezó a comerse una uña por los nervios, pero se detuvo al instante. "¡No! Las voy a dañar", se recordó.

​Rodrigo abrió la puerta del departamento y Alejandro entró mirando a su alrededor con impaciencia.

-¿Dónde está?

-¡Cálmate! Alex... te presento a tu futura esposa: ¡Ana Laura de Barcherotti!

​Ana Laura salió de la habitación. Llevaba el vestido negro que resaltaba sus curvas y su elegancia natural. Alejandro se quedó congelado. Sus ojos recorrieron cada detalle: la suavidad de su piel, la profundidad de sus ojos café claro, la seguridad que ahora proyectaba su porte. Tuvo que tragar en seco.

​-¿Eres Ana Laura? -preguntó con una voz que no parecía la suya.

-Sí, soy yo -respondió ella, bajando la mirada. Su presencia la intimidaba tanto como la primera vez.

​Alejandro no podía dejar de verla. El contraste entre la niña del mercado y esta mujer sofisticada era casi irreal.

-¡Rodrigo, tenías razón! -dijo sin salir de su asombro-. Nunca imaginé que se vería así. Está... hermosa.

​Rodrigo sonrió con satisfacción, pero Ana Laura seguía mirando hacia abajo. Sabía que su belleza era solo el envoltorio de un contrato, y que el hombre frente a ella no era su salvador, sino su dueño por los próximos dos años.

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