Alejandro, sin poder soportar más la presión, se levantó de golpe, haciendo que su silla chirriara contra el suelo.
—Dayana, ¿podrías regalarme un minuto, por favor? —dijo con una voz que intentaba sonar tranquila, pero que delataba su furia.
Dayana miró a los demás con una sonrisa cínica y, sin decir una palabra, salió del comedor seguida por Alejandro. En cuanto estuvieron lo suficientemente lejos de los oídos de Don Martín, él explotó.
—¿Qué carajos estás haciendo? —le espetó Alejan