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Capítulo 2: Noticia Dolorosa

Ana Laura estaba consumida por los nervios. Había logrado, tras noches sin dormir y sacrificios extremos, reunir el dinero para la biopsia de Diego. Sentada en la gélida sala de espera, el tic-tac del reloj parecía un martilleo constante en sus sienes. Por fin, la puerta se abrió y Diego apareció, pequeño y pálido bajo las luces de neón.

​-¿Cómo estás? -le preguntó ella, arrodillándose para quedar a su altura.

-Bien... pero tengo miedo, Ana -susurró el niño con la voz quebradiza.

-Tranquilo. Todo estará bien. Yo estoy aquí contigo, siempre lo estaré.

​Días después, el médico recibió los resultados. Sus sospechas, aquellas que no quería mencionar, se habían materializado en letras frías sobre un papel.

​-¿Qué pasa, doctor? -preguntó Ana Laura, sintiendo que el aire se espesaba.

​El médico miró al niño con una tristeza profesional.

-Diego, hay una pecera afuera en el pasillo. ¿Quieres ir a alimentar a los peces?

-¡Sí, claro! -respondió Diego, emocionado por la distracción.

​En cuanto el niño salió, Ana Laura se inclinó hacia adelante, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

-Algo pasa, ¿verdad?

-Sí, Ana Laura. Diego tiene cáncer.

​El mundo se detuvo. Ana Laura sintió un golpe seco en el pecho, como si el corazón se le hubiera hecho añicos.

-¿Cómo? ¡Es un niño! ¡No puede tener cáncer!

-Lo siento mucho. A los niños también les da cáncer, y hay que comenzar el tratamiento de inmediato. Te aconsejo que sea por el seguro del Estado, porque es sumamente costoso.

​-¡Ellos no van a hacer nada por él! -estalló ella, con los ojos anegados en lágrimas-. Nunca hay médicos, nunca hay medicinas... ¡Así pasó con mi mamá! ¡Ayúdeme, por favor!

-Lo único que puedo hacer es enviarte a fundaciones. Tendrás que pagar, pero no será tanto como en una clínica privada.

​Ana Laura comenzó entonces una carrera contra el tiempo. Pero parecía que el solo hecho de ponerle nombre a la enfermedad la hubiera acelerado. Diego ya no retenía la comida; el cáncer de estómago, el mismo que se llevó a su madre, avanzaba sin piedad. Ella lloraba sin consuelo en las noches, sintiendo que vivía una pesadilla de la que no podía despertar.

​Florencia, Italia

​-¡Alex! -gritó una mujer, despertando entre sábanas de seda.

-¿Qué pasa? -respondió él. Alejandro era un hombre de una apostura deslumbrante: ojos verdes profundos y piel morena.

-Leonela, tienes que irte -sentenció Alejandro sin mirarla.

-¿Por qué?

-Porque tengo que ir a la oficina. Si no voy, mi papá me mata, y lo digo literalmente.

-¿Nos vemos esta noche? -preguntó ella, enredándose en las cobijas.

-No, no puedo. ¡Y ya vete! Es en serio, largo.

​Alejandro Barcherotti no era un hombre cualquiera; era uno de los herederos de la fortuna de la familia Barcherotti, una de las estirpes más ricas de Italia. Al llegar a la oficina, el personal corría para atender sus caprichos. A pesar de su arrogancia con las mujeres y su miedo al compromiso, era amable con sus empleados, aunque su fama de libertino lo precedía.

​-¡Alex! -tronó una voz en el despacho principal.

-Papá, ¿cómo estás?

-¿Cómo quieres que esté?

-Ay, no... ¿Ahora qué hice? -preguntó Alejandro, dejándose caer en una silla de cuero.

-Anoche te fuiste de la fiesta con la hija de uno de nuestros socios. ¡Eso hiciste!

-Ella no es una niña, papá. Se fue conmigo porque quiso, no la obligué.

-¡Alejandro! Ya tienes veintitrés años. Vas a ser el dueño de todo esto, ¡madura de una vez!

​-Hago lo que me pides -replicó Alejandro con hastío-. Estudio finanzas porque tú lo pediste. Trabajo aquí porque tú lo pediste. ¿Qué más quieres?

-¡Que no tenga que pedirte nada! ¡Que hagas las cosas porque te nazcan! Tu abuelo y yo hemos pensado que ya es hora de que sientes cabeza.

​Alejandro soltó una carcajada sarcástica.

-Papá, tengo veintitrés años, no treinta.

-¿Y? Yo me casé a los veinte. En esta familia construimos imperios, y eso no se hace de la noche a la mañana. Tu abuelo quiere conocer a la próxima Señora Barcherotti antes de morir.

-Tú y el abuelo están locos. Por cierto, para mi cumpleaños veinticuatro quiero un Ferrari nuevo.

​Al llegar a la mansión, Alejandro encontró a su madre.

-¡Mamá! Vaya... ¿qué haces?

-Hola, hijo. Él es Ramón, mi profesor de gimnasia -presentó ella, señalando a un hombre fornido.

-¿Y mi papá sabe cómo es? -preguntó Alejandro, escaneando a Ramón de arriba abajo.

-Sí, claro.

-¿Y lo aceptó? -insistió extrañado.

-Es gay -le susurró su madre al oído.

​Alejandro asintió, restándole importancia.

-Oye, mamá, mi papá y el abuelo quieren casarme. ¿Lo sabías?

-Sí, Don Martín está obsesionado con esa idea. Ya sabes que prefiere a Luciano antes que a Gerónimo, lo conoces bien.

-Es una locura. ¿Yo casado?

-Alex, no es una locura -dijo su madre con tono serio-. Ramón, es suficiente por hoy, vete. Gracias.

​Cuando se quedaron solos, ella continuó:

-Hijo, si tu primo Fabricio se casa primero, se queda con la dirección de las empresas. ¿Y nosotros qué? ¿Nos conformaremos con una pequeña parte? Tu padre no va a perder su legado.

-¿Y Fabricio ya tiene candidata?

-Parece que sí. Dayana llamó feliz diciendo que su hijo formalizó su compromiso con una bailarina española. Así que tu papá necesita que tú también te comprometas.

-¡Pero mamá! ¡Apenas voy a cumplir veintitrés!

-Yo me casé a los diecinueve, tu padre a los veinte . Esta familia...

-Sí, ya sé -la interrumpió Alejandro subiendo las escaleras-. Esta familia construye imperios.

​Esa noche, Luciano entró al cuarto de su hijo como un huracán.

-¡Alejandro! Necesitamos hablar ahora. Fabricio se ha comprometido. Si él se casa primero, perdemos el control de las empresas y yo no me voy a quedar a cargo solo de los cultivos.

-¿Y qué quieres que haga?

-¡Que te cases! No sé con quién, pero lo haces. Serán solo dos años, lo necesario para asegurar el control total. Luego te divorcias y sigues con tu vida de soltero.

-¿Y dónde consigo esposa? ¿Pongo un anuncio?

-No lo sé, pero no voy a perder lo mío por tu culpa. Ah, y mañana te vas a México. Sales a las siete de la mañana por negocios, así que no llegues tarde.

​Alejandro, con una mezcla de rabia y resignación, tomó su celular y marcó un número.

-¿Rodrigo? Soy Alejandro. Mañana llego a México. Tengo un problema... allá te cuento.

Acapulco (​México)

​El sol de México recibió a Alejandro con una intensidad que no esperaba. Al salir del aeropuerto, su amigo Rodrigo, uno de los jóvenes más acaudalados del país, lo esperaba en un deportivo.

​-¡Alejandro! -exclamó Rodrigo abrazándolo-. ¡Qué milagro! ¿Acapulco? ¿Playa? ¿Mujeres lindas?

-No creo, Rodrigo. Mi padre me envía por negocios y tengo la soga al cuello. Necesito una esposa, y la necesito ya.

​Mientras Alejandro se subía al coche de lujo, a unos pocos kilómetros de allí, en un mercado polvoriento, Ana Laura contaba sus últimas monedas, rogando por un milagro para salvar a Diego. Ella necesitaba dinero; él necesitaba una mujer. El destino estaba a punto de cruzar sus caminos de la forma más inesperada.

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