Ana Laura disfrutaba cada minuto al lado de Diego en la clínica; su hermano era su mundo entero, la única ancla de verdad en medio de la farsa que estaba viviendo. Sin embargo, el peso del contrato que había firmado con Alejandro siempre estaba presente, como una sombra difícil de ignorar.
Mientras le acomodaba con ternura la almohada a Diego, el silencio de la habitación fue interrumpido por el vibrar de su teléfono. Era Alejandro.
—¿Ana Laura? —la voz de él sonó imperativa al otro lado