Un mal necesario
Julia y Frederick pasaron toda la mañana realizando cálculos y verificándolos en la computadora. La concentración era tal que ninguno notó cómo transcurría el tiempo, hasta que el estómago de Julia hizo ruido.
—Si lo desea, puede tomarse un descanso para almorzar, doctora Montoya —indicó Frederick, levantando la vista de la pantalla.
Ella aún no se acostumbraba a ese título en boca de su jefe.
—No se preocupe, doctor Stephenson —respondió Julia con algo de vergüenza.
—Está bien.