—¡¿Dónde está?!
—No lo sé. —Cristian miraba a su alrededor intentando localizar por donde se había marchado Aledis—. El auto sigue ahí.
—¡Tengo que encontrarla! —gritó, desesperado.
—Quizá deberías darle tiempo de digerirlo —aconsejó su amigo y sintió deseos de golpearlo.
—Tú no te atrevas a volverme a decir qué hacer. La culpa de todo lo que pasó es tuya.
—¿Yo fui el que mentí, el que creó una doble vida?
Apretó los puños sintiendo su parte pacifista cada vez más alejada.
—¡Ya sé que para eso