CAPÍTULO —LA PROMESA DE LA LUNA
El día se había rendido al calor, y la playa era su refugio secreto. Nayara y Gael caminaban descalzos, dejando huellas paralelas en la arena húmeda. El mar jugaba con ellos, mojando sus tobillos con espuma blanca, y el viento revolvía sus cabellos como si quisiera recordarles que, allí, lejos de la manada y del peso de las culpas, seguían siendo simplemente dos almas destinadas.
Se sentaron sobre una manta improvisada, riendo con la boca llena mientras compar