Abro los ojos abrumada. Es sábado, en otras circunstancias mi permanencia en la cama hubiera sido eterna, pero las responsabilidades del día me obligan a levantarme. Miro a mi esposo, que aún duerme, con algo de molestia. Se negó a acompañarme por asuntos de trabajo, sin embargo, ese sexto sentido, de mujer inteligente, me ha lanzado una advertencia.
Me ducho rápidamente, escojo la vestimenta adecuada para la ocasión y me dirijo al coche, sin despedirme de Saúl, preparándome mentalmente para