—Nan... —susurré—. ¿Qué pasa?
—Lo siento mucho... —dijo roncamente mientras apartó sus ojos de mí para mirar al suelo—. Pero no puedo quedarme aquí...
—¿Espera qué? —pregunté, alzando las cejas—. ¿Por qué no? ¿Qué está mal? Por favor, háblame...
Negó con la cabeza; estaba tratando duro de evitar que las lágrimas se derramaran de sus ojos.
—Tengo que irme... —susurró.
Antes de que pudiera decir otra palabra, estaba corriendo pasando a mi lado y hacia la puerta principal.
—¡Nan! —le grité, pero no