La ciudad parecía dormida bajo un manto húmedo de neblina. Los faroles reflejaban su luz amarillenta sobre el asfalto, y el aire nocturno arrastraba un silencio espeso que sólo era interrumpido por el rumor lejano de un motor o el ladrido aislado de un perro. Logan avanzaba con el corazón latiéndole tan fuerte que podía oír su propio pulso en los oídos. Sus pasos eran lentos, casi indecisos, y aunque sabía exactamente a dónde se dirigía, cada esquina que doblaba lo hacía sentir más cerca de un