Los músculos me dolían, crujían ante el más mínimo movimiento. Mi zona íntima ardía. Esa clase de ardor que vale completamente la pena. Y mis caderas… Era mejor no mencionarlas, aún podía sentir su golpeteo, la forma en que nuestros cuerpos se unían, como me cambiaba de posición para profundizar en mí. Cómo sus manos presionaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta hacerlos enrojecer.
Las emociones que provocaba en mi interior eran tan contradictorias. No sabía cómo era posible que algo que