—Cree que, porque soy prostituta, puede aprovecharse de mí. —Gruñó con voz sensible y hundió sus uñas en los brazos del hombre, quien soportó el dolor para permitirle que se liberara—. No es justo, Oliver.
—No, mi amor, claro que no —consoló él y le acarició el cuello con suavidad—. Nada es justo —musitó y suspiró envolviendo su rostro entre las palmas de sus manos—. Déjame llevarte a comer, a beber algo, por favor —le pidió con suavidad y rozó su nariz con la suya—. Me duele mucho verte así.
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