Alessandra Dumont
El trayecto desde el despacho de Alistair hacia el piso de arquitectura fue un ejercicio de control absoluto sobre mi propia piel. Mis piernas, que aún conservaban la debilidad residual de la tormenta que habíamos desatado en su escritorio, se sentían extrañas al caminar. Cada paso era una fricción constante, un recordatorio físico de su posesión, pero al mirarme en el espejo del ascensor, exhalé un suspiro de alivio mi rostro estaba impecable, el maquillaje intacto, y no habí