DALTON
La puerta de la camioneta se cerró con un golpe sordo y, por un instante, solo escuché mi propia respiración retumbar dentro del vehículo. El vidrio polarizado hacía que el interior pareciera aún más oscuro, como la antesala de un juicio. Me obligaron a sentarme frente a un hombre cuya sola presencia llenaba el espacio de un peso aplastante.
Un traje azul medianoche, perfectamente planchado, camisa blanca que no tenía ni una arruga, y un bigote canoso tan impecable que parecía esculpido a