Isabel García
El peso del auricular en mi mano se sintió de pronto como si fuera de plomo. Escuché el sonido sordo de la línea cortarse y me quedé quieta, sosteniendo el teléfono contra mi oreja durante varios segundos, simplemente asimilando el tono de su voz. «Es hora de la ejecución». La frase seguía flotando en el espacio de mi oficina, densa y fría, como el aire acondicionado que soplaba desde el techo. Despacio, coloqué el receptor en su base de plástico, cuidando que mis uñas no hiciera