Nicolás Ortiz
El silencio en el vestíbulo de Acoley & Legal era más ruidoso que cualquier grito. Al entrar, sentí las miradas de los asociados junior clavadas en mi nuca, susurros que se cortaban en seco cuando mi sombra se proyectaba sobre sus escritorios. El niño de oro, el hombre que nunca perdía, acababa de regresar con las manos vacías y la reputación hecha m****a.
No me detuve a saludar. Caminé directo hacia el despacho de mi padre, con el maletín pesándome como si estuviera lleno de pie