El silencio que envuelve la habitación es ahogante. Las palabras de Christian aún reverberan en mis oídos como campanas que no cesan: tu padre vive.
Mi corazón se detiene. Se detiene realmente.
—No. —La palabra sale como un gemido—. Lo vi morir. Fue... fue la noche de la masacre. Yo lo vi todo.
Christian observa mi rostro desmoronarse desde su escritorio. No hay compasión en sus ojos, solo esa intensidad depredadora que lo caracteriza. Se levanta lentamente, sus movimientos son precisos, contro