39. La muerte del ángel
Liz no se movió una vez que Nathan se fue, excepto para cubrirse con la colcha. Pasaron horas hasta que reunió el valor suficiente y salió a su habitación, pero en cuanto el agua tocó su piel, sucedió lo de siempre y se echó a llorar, y es que había convertido el baño en su lugar sagrado para limpiar sus penas sin sentir vergüenza.
Sus dedos rozaron las marcas que Nathan dejó en su piel, testigos silenciosos de la pasión que compartieron antes de la llegada de su padre. Y las preguntas que siem