34. Confesiones 1/2
El cerrojo de la puerta hizo eco en la habitación cuando Elizabeth por fin pudo respirar. Se quedó inmóvil en la cama, con la mirada fija en el techo mientras las palabras que escuchó de su boca resonaban en su mente cuál mantra imposible.
—Te amo, Elizabeth —repitió imitando su voz ronca.
Sí, debió haberse equivocado. Un hombre como Nathan Kingston, que emanaba poder con cada respiración, no iba a declarar su amor así, sin más.
El salvarla de una muerte segura no significaba nada. Su torpeza