Incomoda, por la manera en que ese hombre la observaba trato de desenrollar sus dedos, algo que resulto inútil, una corriente escalofriante recorría todo su brazo erizando los bellos de su piel, con una mirada maravillada decretó que esa insignificante mujer ahora era de su propiedad.
—Suéltame —le ordeno al adivinar un algo que no pudo descifrar en su mirada ensombrecida.
Trajo su brazo hasta sus labios con sus ojos clavados en ese par de diamantes esmeraldas, su boca se abrió alrededor de