Dom me llevó a un coche, que sin duda era suyo. Me senté en el asiento del pasajero mientras él encendía el motor. No preguntó nada y yo no quería hablar. Estaba cansada... y temblorosa. Ni siquiera sabía qué pensar.
En unos minutos, se detuvo en un estacionamiento subterráneo. Apagó el auto y me abrió la puerta, llevándome al elevador.
Paramos en el décimo piso. Abrió la puerta y entramos a un apartamento enorme, bien decorado, todo en tonos claros. No había ventanas... Porque todo lo que daba