El coche avanzaba en silencio por las calles de Nueva York.
En el asiento trasero, Thales y Zaya dormían en sus sillitas de seguridad. Eran demasiado pequeños para comprender el peso de las conversaciones de los adultos, pero su sola presencia hacía que todo resultara un poco más llevadero.
Ísis miró a sus hijos por el retrovisor y luego volvió la vista hacia Alex.
—Amor... —dijo en voz baja, respetando el sueño de los bebés—. Sé que ya no me cuentas nada del trabajo, pero... ¿cómo fue lo de ay