No tardó mucho en que el silencio de la suite se rompiera con los primeros gemidos bajos de Edgar, mezclados con el sonido húmedo y rítmico de las succiones de ella: lentas al principio, después más profundas, más intensas. Él echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá, una de las manos hundiéndose en su cabello, no para guiarla, sino para anclarse.
—Joder, Laura… qué boca tienes… —logró decir, con la voz entrecortada, casi un gruñido. Alzó la cabeza con esfuerzo, los ojos entrecerr