Alex señaló el anillo.
—Esto… —dijo, con la voz temblando de rabia contenida— esto tenía que ser sagrado.
Ísis miró su propio dedo. El diamante parecía una burla cruel. Alex respiró hondo.
—Y ahora estoy aquí —continuó—. El gran Alex Cole. El hombre que nunca perdió un caso… siendo el mayor idiota de su propia vida.
Ísis se acercó hasta él y le agarró el brazo con fuerza, los dedos clavados en la tela.
—Eres maravilloso —susurró—. Sé que metí la pata. Pero… tuve miedo de perderte. Miedo de que