Ísis cerró los ojos un instante dentro del abrazo, sintiendo por fin el peso de lo que acababa de ocurrir. El cuerpo aún le temblaba ligeramente. Respiró hondo para recomponerse, y sus dedos apretaron con suavidad la camisa de Alex, como si necesitara ese contacto para mantenerse en pie.
—Me sujetaron del brazo. Nada más —respondió—. Pero dijeron cosas horribles.
Los puños de Alex se cerraron en el acto. Su mandíbula se tensó, el maxilar marcado como quien contenía una explosión por dentro. Se