Edgar caminaba sin darse cuenta del camino por Central Park. Sus pasos eran lentos, arrastrados, como si el cuerpo hubiera envejecido años en apenas unas horas. El ruido distante de la ciudad no lo alcanzaba. Todo parecía amortiguado, como si estuviera sumergido.
Se sentó en el césped, apoyado contra el tronco de un árbol, frente al lago. El reflejo del agua era demasiado sereno para alguien que sentía el mundo derrumbarse por dentro.
Respiró hondo.
No sirvió.
Las manos le temblaban cuando sacó