Edgar se acercó a Marcela con pasos demasiado firmes para alguien que decía estar bien. El semblante estaba cerrado, duro, como si acabara de tragarse algo amargo.
—Voy a despedirme del señor Frederico y de la abuela Olga —dijo, en voz baja—. Nos vamos.
Marcela entrecerró levemente los ojos, percibiendo de inmediato que algo había pasado. Pero por dentro, lo estaba disfrutando. Se acercó un poco más, buscando su mirada.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, con una calma estudiada.
Edgar respiró hondo, los