El tiempo se diluyó en nuevas posiciones, respiraciones entrecortadas, en movimientos que se buscaban y se acoplaban a la perfección, en susurros y gemidos contenidos. Cuando Alex volvió a inclinarse sobre ella, con los ojos oscuros clavados en los suyos, la voz salió baja, firme, cargada de intención.
— Ven… —murmuró, guiándola con cuidado—. Encima.
No fue una orden, sino una invitación. Una invitación que Ísis entendió al instante.
Se movió despacio, sintiendo el cuerpo todavía sensible, y Al