La voz de Felipe resonó firme, haciendo que ambos se giraran.
Laura respiró hondo, borrando cualquier rastro de emoción del rostro. Cuando respondió, lo hizo con la postura erguida y una media sonrisa sarcástica, esa que solo aparecía cuando se sentía herida.
—Nada, papá —dijo, con una calma que lo contradecía todo—. Edgar ya se estaba yendo.
Miró a Edgar al decirlo, una provocación silenciosa cargada de orgullo y dolor.
Felipe se acercó y le tendió la mano a Edgar, serio pero cordial.
—El que