Edgar simplemente aceleró, con movimientos fuertes, casi desesperados, y todo lo que se oía era el sonido sordo de los cuerpos chocando contra el colchón, resonando por la suite como una confesión sin palabras. El aire entre ellos parecía más caliente, más denso, hasta que, de repente, él se detuvo.
Se detuvo como si hubiera recordado algo.
Como si hubiera recuperado el control.
Su cuerpo quedó inmóvil sobre el de ella, el pecho subiendo y bajando, jadeante, lo bastante cerca para que Laura sin