Liam golpeó la puerta otra vez, más fuerte, y el sonido resonó por la madera y por el pasillo silencioso.
Silencio absoluto.
Ninguna respuesta.
—Claro —murmuró, frío como el hielo—. Me lo merezco.
Se dio la vuelta sin dudar y fue hacia la sala. En un rincón, el piano lo esperaba.
Liam se sentó, apoyó los dedos en las teclas y empezó a tocar notas profundas, intensas. Era la única manera de respirar sin venirse abajo.
Olívia cerró la ducha, se envolvió en la toalla y salió del baño aún secándose