Las manos de Samuel se colocaron en el cabello de Raquel.
—No tienes por qué pedirme perdón.
Raquel dirigió sus manos hacia sus ojos tratando de detener sus lágrimas, pero era imposible hacerlo.
—Claro que sí, no puedo dejar de pensar en lo que provoqué, he querido remediarlo, he trabajado en mí, pero siento que no logro reparar lo que dañe, en ocasiones siento que nos alejamos y eso me lastima.
Samuel no entendió muy bien lo que decía Raquel, no solo porque su voz no hilaba bien las palabr