Solo cuando ya no le quedaron lágrimas por llorar, Camila emprendió el regreso a la casa de los Rodríguez.
Era el único lugar al que podía ir.
Por suerte, ahí nadie le había dicho que ya no la quería.
Llegó pasada la medianoche.
Apenas terminó de estacionarse, vio una figura en la entrada. Caminaba de un lado a otro, inquieta.
Camila se quedó inmóvil un instante, hasta que logró reconocerla.
Era Rafael.
Él también la vio y dejó de caminar.
No dijo nada. Se limitó a observarla mientras se acerca