Los resultados del examen de Ana ya habían salido.
El médico dijo que solo era una contusión leve de tejidos blandos, que con aplicar pomada y descansar unos días estaría bien.
Cargando los medicamentos, Ana se sentó en una silla de metal en el pasillo del hospital, su cabello negro desordenado cayendo por la espalda, en su rostro ya limpio se podían ver vagamente algunos moretones.
Su expresión era compleja.
Después de un rato, Ana preguntó: —Emanuel, esta noche... nadie murió, ¿verdad?
Sentado