Luego preguntó por Ana: —¿Ana todavía está en el hospital?
Lo que recibió como respuesta de los dos policías fue silencio.
Mateo suspiró con resignación. Realmente cuando uno está en desgracia, hasta los más débiles se atreven a pisotearlo.
Pasaron otros dos minutos.
La puerta de la habitación fue empujada desde afuera y Fabiola y Gabriel entraron uno tras otro.
—Mateo, ¿no puedes dejarme en paz por un rato?
Las palabras frías de Fabiola estaban llenas de un profundo cansancio.
Desde su divorcio